Matar a un recuerdo
Confieso que venía en un vergonzoso modo "maratónNetflixdecrímenesseriales".Entonces mis neuronas estaban seteadas en un patrón así: asesinato / ¡Ohquéhorror! / presentación de los héroes / otro asesinato / los héroes intentan resolver / asesinato / los héroes siguen intentando resolver / algún héroe se enamora o se descubre algo de su pasado oscuro / otro asesinato/ resolución de alguna trama paralela que puede o no incluir el ya citado pasado oscuro del héroe/ otro asesinato / y así hasta que se resolvió y te dejan enganchado o no para la próxima temporada según los sondeos de éxito o no.
El asunto es, entonces, que con ese mood encaré las primeras páginas del libro. Y efectivamente, hay un asesinato ni bien arrancás,...pero claro....en la vida real (porque esto es una novela autobiográfica) los asesinatos, de hecho un asesinato, deja heridas que quedan abiertas para siempre.
Sara Jaramillo Klinkert tenía 11 años cuando su mirada se cruzó con un sicario en plena autopista de Medellín; esa mirada puede haberlo disuadido de aquel primer intento de matar a su padre. El segundo intento se concretó. Ella estaba jugando a Mario Bros cuando se enteró. Y todo cambió para siempre. Lo dice la autora en esta, su primera novela: "La gente pensaba que lo estábamos superando muy bien, pero la ausencia es un hueco sin final. Se olvida a ratos, pero no se supera".
Esta novela, ejercicio de la maestría en escritura creativa que cursó la autora, que es periodista, es un relato luminoso sobre una realidad oscura. Es una denuncia de un estado de situación que asoló a Colombia entre los 80 y los 90, pero que podría ser cualquier lugar, cualquier muerte, de esas que suceden y que dejan atrás a personas y a generaciones por venir en un estado de indefensión y desolación. La muerte de ese padre condicionó las peripecias de cada uno de sus cinco hijos (hay trillizos), condicionó la forma en que la autora se enamoró y de quiénes se enamoró y, también, fue semilla para que podamos aprender tanto de estas palabras que fue hilando Jaramillo Klinkert. "Muérete ya, de una buena vez. Deja que tu fosa sean las hojas de este libro y que, en vez de cubrirte de tierra, lo haga con todas esas palabras que callamos".
Decía que es un relato luminoso. Lo es. Hay que tener luz propia para relatar con humor el proceso de autonomía a la fuerza que tuvieron que desarrollar esos cinco hermanos con un solo adulto intentando tapar baches; aquella mañana en que su madre decidió que se prepararan solos para ir al colegio y fue todo un desastre y "la mamá" ni se inmutó. También hay que tener una mirada especial para describir a un hermano con capacidades diferentes como una persona roja "De una persona roja se puede esperar cualquier cosa, por eso, sospechamos que puede hablar con los animales. O que haya detenido el tiempo para no tener que crecer. Crecer sería impropio de un rojo, hasta ahora nadie ha visto a un rojo adulto".
Sepan también que hay una madre que sería la envidia de García Márquez (Si, ya sé que hay una generación de escritores colombianos que quieren "matar" a este padre también, pero no puedo evitar la referencia, lo siento). Esta madre apenas posa una semilla en la tierra brota un árbol que crece desbordante ("Ella era el tipo de mujer que hablaba con las plantas. Y ellas el tipo de plantas que la obedecían"), que liberó a sus pájaros ni bien llegó a la ciudad, que creó un paraíso en un rincón pantanoso (léanlo y se enterarán).
Hay más. No se lo pierdan. Por mi parte ya estoy pronta para encarar su segunda novela Donde cantan las ballenas y, si alguna vez visito Colombia iría a comprar algo a la tienda de especias que tiene la autora (si, soy un poco cholula. Capaz que hasta me animo a pedirle que me dedique un libro).