Respuestas para coleccionar
Seguro que les pasa. Después de un diálogo amable, de una discusión o de un intercambio acalorado llega, inevitable, el síndrome de "le tendría que haber dicho". Y se quedan mascullando respuestas brillantes que en el momento no supieron dar, se lamentan de no haber sido más lúcidos y desearían ser certeros luchadores de esgrima en esto de responder algo que refleje realmente lo que queremos decir. La escritora argentina Silvina Ocampo era una maestra en esto de dar respuestas que van directo al pecho.
Hace unos días rescaté y releí, salteando las páginas que no me interesaron, su libro El dibujo del tiempo. Recuerdos, prólogos y entrevistas. Me demoré y subrayé a rabiar el capítulo en que se recopilan algunas de las entrevistas que le hicieron. Era tan extraña, tan fina, tan talentosa y tan certera. Ahí van algunos ejemplos de preguntas realizadas por los periodistas y sus respuestas.
Silvina, que no es tan conocida como su hermana Victoria, nació en 1903 y murió en 1993, fue pintora, poeta y escritora. Se casó con Adolfo Bioy Casares y fue amiguísima de Borges. Publicó, entre otros, Cornelia frente al espejo, Las invitadas, Autobiografía de Irene y Enumeración de la patria.
1.
-¿Qué la impulsó a escribir?
-La busca de un orden diferente al que impone la vida. La inclinación a callar. El culto de la imitación, necesario para todo aprendizaje. Ideas elementales de suicidio. Una imagen indescrifable, que perdura, de la infancia.
2.
-¿Piensa que la mujer actual ha realizado tanta conquistas como para poder prescindir, sin perjuicio notorio, de su astucia frente a los hombres?
-Con perjuicio notorio, prescindo de toda astucia frente a esta pregunta dificilísima
3.
-¿Quién hubiera querido ser?
-Yo misma, corregida varias veces por mí misma
4.
-¿Puedes relatarme cómo conociste a tu marido y tu relación literaria con él, además de afectiva?
-Si pudiera, escribiría uno de los libros más largos e importantes de esta época.
Y les agrego este instante que es mágico.
"Un día- cuenta Silvina Ocampo-, hace años, estábamos con Borges en Mar del Plata, en la playa. Cerca de la costa, navegaba un velero lleno de colores. Un velero maravilloso. Le dije a Borges: 'Miralo'. Él, por entonces, todavía veía (sabía muy bien que perdería la vista y su vida fue una continua preparación para semejante pérdida). Borges cerró los ojos y se negó a mirar, un acto que me pareció conmovedor, heroico. 'No, no puedo', dijo Borges, y sentí que se hombre poderosamente sensible renunciaba así a una de esas visiones tan bellas que, de otro modo, acaso lo habrían atormentado después, cuando ya no pudiera repetirlas. Esa mañana me di cuenta de que Borges era una especie de santo".
Si, ya sé. Lo quieren ya. Vayan a librerías y búsquenlo, no debe haber muchos en Uruguay. Hermoso pretexto para visitar Buenos Aires.