El sueño perfecto
Hay un montón de novelas que se basan en la estructura de "mandar todo al carajo". Me refiero a esas en que los personajes- al principio o al promediar la narración- sueltan o se ven forzados a soltar una vida que los tenía apretados, consciente o inconscientemente. Entonces, de a poco, van descubriendo cuán maravillosa puede ser la vida sin aquello que va quedando atrás, descubren amores nuevos, vocaciones reprimidas y habilidades personales insospechadas. Son millones los lectores, yo incluida, que abrazamos con entusiasmo este formato que nos permite respirar bajo la piel de esos valientes aventureros que dan un giro de 180 grados a sus destinos. Así, nos vamos a vivir a una isla olvidada, heredamos una finca derruida en la Toscana italiana o golpeamos la puerta de un apartamento en una ciudad desconocida que nos invita a crear un nuevo yo. En el caso de este libro, nos convertimos en Helen McGill que, en las primeras diez páginas abandona su vida de mujer doméstica, al frente de una granja en la campiña de Estados Unidos del siglo pasado. ¿Qué elige Helen a cambio? Le compra a un señor encantador una librería ambulante sobre ruedas, tirada por una yegua y con un perro incluido en el paquete. Las 170 páginas restantes son un canto a la lectura, al amor por los libros y a una peripecia vital que incluye ladrones, amor y grandes enseñanzas de vida.
La librería ambulante fue publicada en 1917 y tiene ese aire antiguo que me resultó encantador porque hay gente de campo que recibe con una hospitalidad que se da por sentada, porque hay una mirada limpia y amorosa sobre lo que es un libro y porque su autor, Roger Mifflin tiene un sentido del humor maravilloso. Y porque tiene un final feliz. Y, por favorrrrrr, estaba necesitando un final feliz.